viernes, 17 de marzo de 2017

VOZ DE VOCES

Repasando el Cancionero de Miguel de Unamuno al hilo de mi trabajo en curso sobre una tetralogía suya de gran interés, me encuentro con este poema (1641) aforístico:

                                               No sé lo que decir quiero,
                                               pero digo lo que sé;
                                               no hay más decir verdadero;
                                               lo demás todo no es qué.
                                                       
                                                                      9 de julio, 1934

Y el caso es que, de inmediato, me lleva al Escribano, narrador y quién sabe si no es también el protagonista de la mejor novela del 2016: Nemo, escrita por un novelista prodigioso y,  al parecer, desconocido por Babelia, suplemento cultural de El País, que, en una lista sobre las mejores novelas de los últimos años no incluía ninguna de Gonzalo Hidalgo Bayal, pues tal es el nombre del aludido e ignoto para algunos.

En la novela aforística Nemo,  hay capítulos constituidos por poemillas o máximas conceptistas muy bien traídos, y colocados donde procede. Leyendo a los grandes escritores como Gonzalo, lees a los clásicos de nuestra de lengua, y de la literatura universal, que no comparecen de forma programada ni pensada, desde luego, sino que asoman, trasminan, se insinúan al lector, a veces de inmediato y otras en el reposo y rumia de lo leído. Hasta en sueños pueden hacerse visibles los espectros que pueblan la prosa del libro que tenemos en el alma.

La primera vez que leí Nemo vi en él, en el silente y sentido Nemo, al Quijote, al Agrimensor y a Cristo. La magnitud y la magnanimidad del  personaje, su potencia simbólica, te trasladan rápido a esos nombres. Otros ya se sabían antes de leer el libro: Odiseo y el capitán misántropo de Verne.
Pero Nemo es una obra magistral, y con ello quiero decir que es inagotable en su potencia irradiadora.
Y sí, hoy, la aguda cuarteta de Miguel de Unamuno me ha evocado los capítulos de este jaez que se hallan en Nemo. 

Más tarde los versos unamunianos me han recordado, igualmente, a mi querido e inolvidable Agustín García Calvo, luminoso profesor con quien tuve el privilegio de hacer un curso de doctorado sobre el índice  "es", en el que estábamos tan solo dos alumnas, amén de disfrutarlo asimismo en las clases regulares de Latín y Métrica.  Agustín me descubrió algún que otro secreto crucial sobre la lengua. Mi agradecimiento es infinito, como lo es el que tengo al autor de Nemo y a otros escritores que con su escritura  deleitan, esclarecen y dan que pensar.

                                                     

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