lunes, 1 de junio de 2015

El Cerro de las cabezas, junto a Valdepeñas, fue una boyante ciudad ibérica. En primavera, los recios colores de las tierras manchegas esplenden, de consuno, con un limpio celaje, matizado por algunos toques de algodón.



    El camino hacia el yacimiento nos recibe con exuberantes retamas y adelfas en flor

         Predominio del   tono rojizo, ferruginoso, el mismo que encontramos en  las cervantinas  Lagunas de Ruidera
      Una calle del poblado ibérico; el tiempo de los muros, el instante de la sombra.
                                  Tierra cárdena, vestigio de los muros que un día se alzaron
    Muy cerca, la carretera principal,  y, tras ella, los campos de viñedo y cereal; más allá, olivos
   Otra vista del panorama que ofrecen los campos allende la ciudad ibérica del Cerro de las cabezas
   Aquí se aprecia el perímetro de las viviendas  en cuadrícula, distintas a las de los castros celtas          donde predomina la casa curva
                        Si no se cuida este hermoso yacimiento,  quedará sepultado por la erosión



La bonita Plaza Mayor de Valdepeñas, el pueblo del ex-futuro premio Cervantes Paco Nieva, el gran dramaturgo, cuya casa natal  se encuentra muy cerca

                                       Otra perspectiva de la Plaza, con la fuente barroca ajardinada con unos absurdos arbustos retorcidos

domingo, 10 de mayo de 2015

Vistas del valle del Lozoya en un día de mayo del 2015

  El arroyo de la Angostera, luego río Lozoya, tras el ramaje de roble y  pino silvestre, cuerna y bardal de sus empedradas aguas.
Salta el río ladera abajo, espumando su agua, regalando el oído del paseante con su reverberante son.
      Verde vivo, verde claro, alfombra florida, en el patio de El  Paular

En las cimas, aún quedan neveros salpicados. Haciendo juego con ellos, se viste el celaje con una sarta de cirros.

martes, 28 de abril de 2015

Mis queridos filósofos, el artículo de Luis Landero que los políticos no leerán. El País, 28 de abril del 2015


Mis queridos filósofos, de Luis Landero en El País

LA CUARTA PÁGINA
En la filosofía canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades. Sirve para defendernos de la banalidad y desenmascarar los discursos baratos, tramposos y fatuos de la mayoría de nuestros políticos
Ocurre a veces que uno necesita reconciliarse formalmente con la razón, días en que el mundo se vuelve opaco y el alma se siente huérfana de conceptos y anhelosa de armonía y claridad. Es el momento entonces de regresar a la filosofía. Y es que a veces el conocimiento intuitivo y emocional del arte y de la literatura empacha y cansa, quizá porque su empeño no es tanto esclarecer las cosas como enriquecerlas y, valga la paradoja, iluminarlas con nuevos enigmas, de modo que en la filosofía descansamos de ese oscuro entender y, por decirlo así, canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades y vislumbres, como quien convierte su incierta mercadería en letras de cambio bien acreditadas.
Siempre he sido aficionado a la filosofía, y nunca me ha faltado un filósofo de cabecera. Cada momento ha tenido el suyo. Ha habido épocas de Nietzsche, de Ortega, de Spinoza, de Berkeley, de Heidegger, de Benjamin y Adorno, de Sartre y de Camus, y de tantos otros, y siempre de Schopenhauer, de quien nunca me canso, y por supuesto de Montaigne. De Montaigne me admira la suave y amena indagación que hace de sí mismo y de las cosas sencillas de su alrededor. Pocas veces nos dice nada que el lector no creyera haber pensado antes. La obviedad se convierte sin saber cómo en un hallazgo y en un don. Los pensamientos de siempre cobran en él el resplandor del primer día, y hasta sus muchas citas clásicas se nos revelan con toda la fuerza repentina de la novedad. De pronto descubrimos que todo en el mundo está por descubrir.
Así que uno es una especie de trotaconceptos, un vagabundo que en cualquier parte (un tratado de lo más sesudo, un artículo de periódico, una sentencia, hasta un refrán) encuentra hospedaje: es decir, encuentra el consuelo, y hasta la caricia maternal, de una idea que de pronto, como un relámpago en la noche, pone luz en el mundo. En cuestión de ideas, soy nómada. Apenas he conocido el placer de la creencia, y aún menos el de la militancia. Soy un viajero que hoy hace fonda aquí, y pide siempre el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino. Como mero aficionado a la filosofía, me gusta además mi irresponsabilidad de lector, cosa que en la literatura me ocurrió solo en mis primeros años de juventud, cuando leía de todo, sin ley ni canon, y tenía tan buen apetito que no había libro o cómic al que le hiciera ascos. Por otra parte, yo suelo leer los textos filosóficos con cierto ánimo novelero, como si me contasen una historia cuyos personajes, héroes y malvados, son las ideas, y donde hay un argumento, un conflicto, una trama, una intriga, y hasta un desenlace desdichado o feliz. De filosofía, entiendo poco, y no aspiro a más, y en mis lecturas hace tiempo que renuncié a obtener cualquier botín teórico, lo cual me ofrece una levedad de lo más placentera. Vivo desde siempre en una alocada soltería filosófica.
Luego, otro día, resulta que te cansas y hasta reniegas de ese lenguaje y de esa luz, de esas pretensiones de alzar una torre de conocimiento tan alta como la de Babel, y regresas a la penumbra del arte y la literatura, y así vas, de los filósofos a los poetas, del razonamiento a la revelación, del no entender entendiendo al alivio, y acaso también al espejismo, de entender algo de una vez para siempre, y de reposar al fin en esa Ítaca tan inalcanzable que es la ilusión de la verdad. De las palabras que te guían a las palabras que te pierden.
Uno no sería ni la persona, ni el ciudadano, ni el lector y el escritor que es, sin la filosofía, sin esa fina lluvia de ideas, de pálpitos, de querellas intelectuales, de ecos dialécticos, que nos vienen del pasado y que se filtran en nuestra inteligencia y en nuestro corazón y que nos dotan de la clarividencia y el carácter necesarios para enfrentar críticamente el mundo y construir nuestra visión propia de la realidad, y que solo ahí, en ese gran río de conocimiento que es el legado de nuestros mayores, podemos encontrar. Esa es nuestra herencia, y no tenemos otra. En la filosofía (y, si se quiere, también en la literatura, que no es otra cosa que el patio de vecindad de las humanidades) está la llave de nuestra salvación como personas libres, lúcidas y mayores de edad.
Porque ocurre que del mismo modo que las facciones de nuestro rostro o las huellas de nuestros dedos son distintas, así también nuestro mundo interior y nuestra visión de la realidad son por fuerza exclusivos. Somos irrepetibles. Estamos condenados a ser originales. O mejor: en nosotros está la semilla de la originalidad, y de nosotros depende que caiga en buena tierra o que se agoste sin remedio. Pero para saber lo que valemos, y para lograr ser nosotros mismos, nos lo tenemos que ganar, y para eso es necesario un poco de soledad, de recogimiento, de esfuerzo, de lentitud… y de la ayuda de nuestros filósofos, de los de antes y de los de ahora, de los densos y de los ligeros, de los ceñudos y de los festivos, porque sin ellos estaremos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón.
Y he aquí que ahora, nuestros actuales gobernantes, no contentos con haber menoscabado la literatura en las escuelas, los libros en las bibliotecas y el teatro y el cine en las taquillas, han decidido también arrinconar a la filosofía, haciéndola meramente optativa, lo cual equivale a su extinción. ¿Qué muchacho, o qué padres de muchacho, van a elegir o a animar a elegir como asignatura la filosofía, que al fin y al cabo no sirve para nada, cuando se puede optar por otra materia más técnica y práctica, que acaso pueda servir para aspirar a un puesto de trabajo, por mísero que sea?
Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva. Hoy sabemos ya que, en asuntos de educación, de ciencia y de cultura, el sueño de la Transición produjo, si no monstruos, sí figuras grotescas. Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen a las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentren. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.
Seguimos, pues, como siempre en nuestra desdichada historia, a la espera de un Gobierno ilustrado, que crea de verdad en esa gran evidencia de que el progreso y la grandeza de un país se construyen por fuerza desde la educación. Algo que todo el mundo dice pero que nadie hace, quizá porque tampoco ellos, los mandatarios y demás malandrines, son amigos de la lectura y el estudio. Basta leer un par de horas a Montaigne, o cultivar el hábito de alternar, aunque sea solo de pasada, con nuestros queridos filósofos, para defendernos de la banalidad y desenmascarar y ponernos a salvo de los discursos baratos, tramposos, fatuos y hasta ridículos de la mayoría de nuestros políticos. Más que nunca, ante la ristra de elecciones que se nos avecinan, quizá esta sea la hora de regresar a la filosofía.
Luis Landero es escritor. Su último libro es El balcón en invierno (Tusquets).

martes, 14 de abril de 2015

El hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la suerte, alimento para su tristeza o su alegría nativas

¿Verdad que un político nunca pensaría así?  Por eso se llevaba tan mal con ellos Miguel de Unamuno, autor de esta hermosa reflexión que formula su personaje Augusto Pérez en el capítulo primero de Niebla.

domingo, 12 de abril de 2015

UN PASEO POR EL SUR: ANTEQUERA, EL TORCAL, RONDA

     Castillo, tejados de casas enjalbegadas, celaje brillante de primavera atequerana
       Panorámica desde la plaza de la antigua colegiata con la peña de los Enamorados al fondo
Recinto del  grandioso dolmen de Menga, con el  misterioso pozo
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martes, 10 de marzo de 2015

Primavera anticipada en Lisboa, la ciudad más bella, marzo de 2015

Rincón del Barrio Alto, con un pruno rosáceo
Barrio Alto, hacia el Tajo
Escaparate de Sea me. El letrero de la foto de arriba, en español.  En Sea me sirven vinos tan deliciosos como el Dialogo Douro, pero sólo una cerveza, la Damm de Barcelona
Sea me, en la Rua Loreto del Barrio Alto, el mejor restaurante de pescado a la última de Lisboa
En  la casa de fado O Coraçâo de Alfama,  rua Sam Pedro, me sorprendió esta bonita leyenda:
"Sólo tengo un deseo:  hablar con alguien que todavía sepa sonreír"


De todos los barrios de Lisboa,  el mío es el  Bairro Alto, donde nació Pessoa, frente al teatro San Carlos.  Es, con Alfama, el otro barrio fadista, pero además es bohemio. En el están  desde el restaurante Tavares, Sea me o A Brasileira  hasta multitud de casas de fado. Esta vez visité O Caldo Verde donde canta una fadista  extraordinaria: Deolinda  de Jesus.


Exterior de la Casa do Alentejo, entre Rossio y Figueira, en la calle Rua das portas de Santo Antonio, frente al Politeama
Uno de los salones de la Casa do Alentejo

domingo, 4 de enero de 2015

ÁLBUM DE JORDANIA. VESTIGIOS DE ROMA Y DE LA CRISTIANDAD EN LA CIUDADELA DE AMÁN

Verticales, alineadas, enhiestas, enfiladas, testigos del devenir, redondas, abarcables, suscitando un abrazo  

Casas de Amán tras la cisterna romana de la Ciudadela

En el otero, los sillares romanos fueron luego piedras del muro del templo cristiano
Columnas romanas y curva del ábside de la basílica

domingo, 14 de diciembre de 2014

ÁLBUM DE JORDANIA

Amán velada a primera hora de la mañana desde la colina de Ciudadela
Tras la neblina, Amman (para nosotros Amán), capital jordana,  desde la Ciudadela