"Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sédero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntele yo que de qué se reía, y respondiome que de una cosa que tenía el libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
-Está , como he dicho, aquí en el margen escrito esto:
Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha.Cuando yo oí decir Dulcinea del Toboso, quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote".
Deguste cada cual, a sabor, esta maravilla de cala cervantina, y sonríase o ría con él de su cita espejo. He respetado los dos vocablos esdrújulos que hoy son graves por mor de la musicalidad y el ritmo de la lectura, que yo recomiendo que se haga en voz alta.
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La compañía junto a la estatua de la divinidad tutelar de la lengua española, don Miguel de Alcalá de Henares, al comienzo de la calle epónima. |
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