martes, 19 de junio de 2018

MARISA AGUIRRE Y YO CELEBRANDO EL ANIVERSARIO DE NUESTRAS COMIDAS DEL COMERCIAL


EL TRAMPANTOJO DE LA PUERTA GIRATORIA

¿Cuántas puertas hay en una puerta giratoria? ¿Cuántas puertas hay en la puerta giratoria del Comercial?
Aunque está un poquito velada por la intensidad de la luz, tengo que poner la (las) puerta (s) giratoria (s) del Café de los Ensayistas, antes Hispano Expres
“Recuerdo que había un café con
puertas giratorias. Se llamaba el Hispano Exprés. Yo iba algunos sábados por allí. La primera vez me llevó mi padre. Había muchos artistas e intelectuales y se pasaban toda la tarde hablando. Claro, que yo nunca entré”.
Cap. VII. JET, por Luis Landero. (Habla Gil Gil Gil)

"Al fin se decidió a entrar: se deslizó por la puerta giratoria y pidió una copa de anís" Cap.X.


domingo, 17 de junio de 2018

24 DE JUNIO, EN POMBO

"En lo que hay que insistir cuando se quiere definir lo cursi es que hay dos clases de cursi: lo cursi deleznable y sensiblero y lo cursi perpetuizable y sensible o sensitivo." RGS
La tertulia del próximo domingo, 24 de junio, a las 13.0h, en Pombo, Guillermo Rolland 7, departirá sobre este libro. Os recuerdo que lleváis tarea. Si alguien tiene un martillo de papel, le ruego que lo lleve, ya sabéis con qué fin ritual.
Para reservar la comida, hay que escribir a reservas@cafepombo.com
¡Que lo cursi os arrope!



martes, 12 de junio de 2018

TERTULIA SOBRE LOS MEDIOS SERES

                                                Tertulia sobre Los medios seres

A propuesta de Lucía González, la tertulia de mayo, enriquecida con la incorporación de Yaritza, José Luis y Raúl, a quienes damos una cordial bienvenida,  versó sobre la obra que tanto inspiró a Jardiel Poncela: Los medios seres.
El 7 de diciembre de 1929, con un público salpicado de personajes de renombre literario tales como José Bergamín, Rafael Alberti, Enrique Jardiel, Díez -Canedo, Azorín, se estrenó en el Teatro Alkázar -que así con k se escribía a la sazón- la sola  obra de teatro de Ramón Gómez de la Serna que pisó un escenario en vida de su autor. Los figurines estaban a cargo del artista de vanguardia  portugués José Almada Negreiros.
El genio recóndito de la generación del 27, Valentín Álvarez, entusiasta admirador y seguidor  de Ramón, fue quien impulsó e hizo posible tal acontecimiento.
Ese mismo otoño la pieza se había publicado en dos entregas en la orteguiana Revista de Occidente.
 Tremendo  fue el revuelo que hubo en el teatro tapizado de granate. Acaso el empeño  de Ramón por engastar en su tejido verbal lo actual con la madera de los clásicos madrileños, Quevedo y Lope, fue el causante de que se reeditaran en los decires y haceres de pombianos y antipombianos las trapisondas de los ruidosos y hasta estruendosos chorizos y polacos que tanto animaron las corralas del Siglo de Oro. Grandísima fue la algarabía que suscitó la pieza, que mostraba a los espectadores unos personajes demediados en bicolor, con  una línea divisoria que hendía  la figura en dos, pasando por la prominencia nasal,   y conformaba  un simétrico par de mitades  por lo exterior, incluyendo la dentadura.
Cuenta el autor que la idea de caracterizar así a la mayoría de los personajes se la inspiró la visión de un cuadro del siglo XVIII que muestra a una mujer mitad viva y mitad esquelética.
A partir de dicha imagen urde Ramón una pieza de gran finura y melancolía  poéticas, con vislumbres orteguianos, especialmente de la teoría de la  perspectiva o punto de vista enunciada por vez primera en El Espectador.
La crítica, poco comprensiva en general, salvo Azorín, cuyo elogio no deja dudas,  destacó no obstante la originalidad del prólogo del apuntador así como el atractivo del tercer acto.
Algo más que la ambigua y no siempre deseable originalidad nos depara el parlamento y apóstrofe del hombre de la concha a cuestas dirigiéndose inopinadamente y contra todo reglamento al espectador y plantando su atril y palmatoria fuera del escotillón que lo alberga para, liberado de su afonía susurrante habitual, dirigir una jugosa perorata al patio de butacas.
 Distanciamiento, ruptura de la ilusión escénica, discurso de captatio benevolentiae  del autor, de quien es ventrílocuo el apuntador, declaración de principios acerca de la superioridad moral y humana del hombre incompleto y con manquedades, perspectivismo orteguiano: los actores no ven su partición; los espectadores sí, son algunos de los puntos que desgrana el descolocado parlador, son aspectos del sustancioso parlamento con que comienza la función.
Farsa fácil en un prólogo y tres actos es el subtítulo que puso Ramón a su pieza en la versión que se representó en Madrid en 1929 y en Buenos Aires al año siguiente. Antes la había tildado de comedia de transición, buen nombre para una obra sutilmente desvaída, de ambiente equívoco, con una cierta pesadumbre flotando y agobiando a los seres menguados y a los enteros, provistos estos últimos de nombres tales como Próspero y Pura. Al alzarse el telón, un almanaque luce la fecha del 10 de noviembre.
 Más que aire de celebración por el primer aniversario de boda de Lucía y Pablo,  lo que se respira es, principalmente,   desasosiego y desorientación por doquier. La viuda, Pura, ella sí que querría, y de qué manera, festejar su primer año de viudez. Del marido difunto echa en falta tan solo que no tiene quien le abra los frascos de perfume con tapón incrustado.
 Fidel, el amigo antimatrimonio, aparece por error. Irrumpe asimismo un muy curioso no invitado. No falta la amiga tardona, malqueda y comelotodo, encarnada en el personaje del medio ser Margarita.
  Por un lado discurren los usos sociales; por otro los sentimientos vivos en lo hondo de las criaturas ramonianas.
Llega el doctor negro, que no baila nunca, y la música del gramófono ahoga las conversaciones,  camufla las pullas y maledicencias de los invitados y la discusión conyugal, siempre al acecho,  al tiempo que permite que el marido celebrante piropee a Patronicio, medio ser rojo.
Alma sin rumbo, el medio ser Marrón se pasea inquieto a la procura de quién sabe qué.  Tiempo hace ya  que renunció a encontrar quien lo comprenda, le dice a la solícita anfitriona Lucía, preocupada por verlo de esa mala guisa moral; ella misma suspira y  se afana en la búsqueda de un hombre de su agrado. No lo es, empero, Hortensio, ser completo empeñado en conquistarla.
Para alivio de los lunares y demás manchas  de los medios seres, Lucía les ofrece sándwichs (sic) modernistas de vitaminas.
Entre tanto, Pablo coquetea con la glotona Margarita, a quien pide que recite algo. Los versos de La casada infiel,  de Federico García Lorca, encalabrinan al anfitrión y producen una desbandada de comensales.
El último acto tiene la misma decoración salvo el tapete de la mesita, ahora cubista, y el almanaque que muestra el 22 de noviembre.
Caqui sigue  galanteando a su prima Lucía. Comparece El que no estuvo, agente de seguros La Inmortal, con una propuesta muy particular. Una reata de medios seres fantasmagóricos entabla un duelo de sexos con Lucía, que se balancea adormecida entre la vigilia y sus fantasmas. Conocemos, luego, a Cuadritos, que llega con una comanda de Lucía; descubrimos a Rayas, que quiere disculparse ante la anfitriona; asistimos a una jugada de parchis en medio de la cual se presenta, de nuevo, el lúgubre  aguafiestas Fidel, aquel que regaló por su boda a Lucía y Pablo unos servilleteros de plata, símbolo del grillete conyugal. E, inesperadamente, asistimos a un amago de encuentro, a un cierto atisbo de entrevisión de  completud  entre los protagonistas y dos viejos conocidos, medios seres como ellos.
Un brindis  con los cubiletes del parchis  sirve de colofón a esta comedia sin fin ni moraleja, como de Ramón.

 Los medios seres no es, qué duda hay,  una obra redonda con personajes memorables de la que se desprenda una tesis ni deba extraerse lección alguna.   Sí tiene, en cambio, mucho de indagación de nuevas  formas escénicas y desatención hacia el teatro al uso.  Tal vez lo principal sea que estamos ante un delicioso y sutil retrato cubista de ambiente, con visos existencialistas de la primera época -tedio vital, incomunicación-  plasmado todo ello en unos diálogos sazonados por un ingenio contenido que preludia el mejor teatro del absurdo de los años venideros, y busca deleitar e inquietar al espectador.
 Es una lástima -y tal vez una injusticia- que Los medios seres no se haya vuelto a representar en España desde 1929, máxime si pensamos en  la de veces que han subido a los escenarios las regocijantes  -aunque bastante  menos finas- piezas de Jardiel Poncela, quien tanto debe a su maestro Ramón  Gómez de la Serna.













lunes, 30 de abril de 2018

TERTULIA RAMONIANA DEL 29 DE ABRIL SOBRE EL SECRETO DEL ACUEDUCTO

De cómo la  búsqueda obsesiva del secreto del Acueducto por parte de Pablo repercutió malamente en su acueducto de Silvio



El último domingo abrileño celebramos la octava tertulia ramoniana con bajas de solera.  Un accidente malhadado  ha dejado a nuestra querida Angelines algo maltrecha en tanto que cierta fastidiosa enfermedad nos hurtó la presencia de Manuel, voz masculina del Podcastizo, entre otros varios menesteres. Tampoco pudieron asistir Sara ni Virginia, aunque en este caso las indispuestas no eran ellas. Desde Buenos Aires nos acompañó en el recuerdo de ida y vuelta Pura, viajera  como (y con) nuestra lengua.
Pero, por fortuna, no solo hubo ausencias pues la charla ramoniana acogió gozosa la llegada de tres nuevos y entusiastas participantes: Esther Cabrera, Esther Pérez-Cossío -que son madre e hija-e Iñaki Estella.
El libro propuesto y trabajado -nuestros tertulianos van (vamos) siempre leídos, dice bien el maestro del trampantojo- para la ocasión era la novela segoviana titulada El secreto del Acueducto (1923), cuya acción transcurre de forma simultánea a la redacción, a comienzos de los años veinte del pasado siglo.
Narrada en tercera persona, no tenemos sin embargo el narrador omnisciente de la novela decimonónica stricto sensu porque el relato se ve salteado por pensamientos en voz alta de don Pablo así como por la redacción del diario de sus vivencias  y  la crónica del Acueducto, amén de las construcciones greguerísticas, ya en boca del narrador ya del protagonista o de algún otro personaje. A la polifonía antedicha se agrega, en el capítulo XX,  la voz del autor del acueducto.
 Dedicada a Ortega, esta novela indaga, entre otras hierbas, en un tema predilecto de la generación anterior a la del filósofo y Ramón, la del noventayocho: el ser de Castilla. Como bien dice su autor en esas palabras iniciales destinadas a su gran amigo: “me atrevo a dedicarle esta obra amparándome en la elevada grandeza del tema hispano que la inspira”.
Segovia, ciudad castellana de abolengo, exhibe un monumento único, no solo en la Península sino en la Romania entera: el Acueducto, pórtico y enseña de la hermosa urbe. Ramón le da alma, espíritu y vida y lo convierte en el coprotagonista de su novela. El pseudoquijotesco Pablo y el monumento granítico tienen una relación tan afectiva, loquinaria e intensa que sobrepuja con mucho a la desvaída, triste y conveniente unión del protagonista humano con su desdichada sobrina Rosario, cuyo origen nos vela el narrador.
La sexualidad y la obsesión por el Acueducto y su origen eran el centro y el afán de la vida de  Pablo, quien, a los quince años se había enredado con la esposa de un magistrado.
Viudo, con una hija descastada, monja en las carmelitas de San José, propone matrimonio a Rosario, la joven sobrina que lo cuida y vive con él.
Todo lo que puebla el paisaje del Acueducto tiene preeminencia en el relato. Las bandadas de vencejos que revolotean de un lado al otro del monumento protagonizan el capítulo IV, y varios personajes secundarios, de gran fuerza ambiental y plástica,  quedan enmarcados por la monumental construcción: la viejecita desahuciada que se cobija bajo los sillares graníticos,  el cronista de la ciudad, el tendero de los ultramarinos, los cadetes o los mirones de distinta índole y procedencia que merodean por el Azoguejo.

Castilla, cifra de España,  y lo que tiene de eterna, o eternal, como escribe Ramón,  modulan las reflexiones de Pablo al hilo de la actualidad de su tiempo. Así, al ver en el periódico del día la derrota conocida como el Desastre de Annual, suceso acaecido el 23 de julio del 1921, Pablo mira y elucubra sobre cómo  siente y supera  el Acueducto dicho percance patriótico.
No falta algún descuido del narrador, como tantas otras veces ocurre en  autores que escriben ex abundantia cordis, con el ímpetu de un fenómeno incontrolable  de la naturaleza. Tal sucede con la edad de Pablo, de quien se nos dice al comienzo de la novela que está cercano a los cincuenta y nueve, mientras que en el capítulo II leemos: “Aquel nuevo veranillo segoviano, su cincuenta y siete veranillo, le atosigaba como a estudiante cargado de romanticismo y de sangre nueva”. 
En efecto, con un cierto resabio romántico, el entorno natural e histórico se contagia del estado de ánimo del protagonista. Cuando don Pablo se angustia por el paso del tiempo y la inminencia de la ineludible vejez, el morero del jardín se pone negro y las higueras, antes optimistas, se tornan pesimistas. En el capítulo IX tenemos descripciones góticas de la noche, los locos del barranco y sonidos pavorosos por doquier al pie del Alcázar, al tiempo que el narrador evoca antiguas leyendas.

 Junto a ello, el apego a los contrastes tan característico de la prosa ramoniana, nos depara  algún que otro toque  naturalista intenso. De esta forma comienza el capítuloVI:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
 “Era un gran viejo don Pablo con su bragueta manchada, detalle del que no hacía caso, como si fuese de viejo trotón y muy varoniego el llevarla así.
Al describir en el capítulo XV la lúgubre y sórdida  luna de miel de Pablo y Rosario, que sufre de celos del Acueducto, el narrador extrema los tintes tenebristas: en el sombrío comedor del Parador se encuentran los novios con unos arrieros que comen como perros “triturando los huesos con los dientes”; el vino que les sirven es salvaje, no hay provisión de agua, huele a cárcel y a hospital, los ratones corretean a sabor y, para colmo de miserias, Rosario lamenta que no haya mozos que les canten un epitalamio.
El casamiento no cambió, empero, el derrotero de don Pablo, y su acezante escudriñar en pos del origen del Acueducto dio término a su ya lábil y algo mermada cordura.
Y ello que fue que nuestro desdichado protagonista, alicaído y vapuleado moralmente  por su esposa y el cura hospedado en el hogar conyugal, concluyó convirtiéndose en el loco del pueblo para regocijo de los pilluelos que hacían mofa y escarnio público del cronista del Acueducto, adosándole a la espalda un monigote denigrante para incitar a la irrisión.







lunes, 9 de abril de 2018

MARAVILLAS III BAJO LA LLOVIZNA Y LA LLUVIA (I)

DE LA MANO DE MÁXIMO MANSO, PROTAGONISTA DEL AMIGO MANSO, INMENSA NOVELA DE DON BENITO, Y DE RAMÓN, QUE TUVO DOS DOMICILIOS EN EL BARRIO, RECORRIMOS, POR TERCERA VEZ EL BARRIO CON UN ITINERARIO ARTÍSTICO,  LITERARIO, Y DE CURIOSEO DE TIENDAS DE ROPA RETRO. NOS REGALAMOS, CLARO,  UNA DELICIOSA COMIDA EN LA MANDUCA DE AZAGRA, CON VINO BLANCO DE INURRIETA ORCHIDEA, RAPE, VERDURAS EXQUISITAS Y POSTRES VARIOS.
COMENZAMOS EN LA IGLESIA DE SAN MARCOS, JOYA DEL NEOCLASICISMO ALGO BARROCO AÚN, DEBIDA AL MAESTRO ALARIFE DE CIENPOZUELOS, VENTURA RODRÍGUEZ. VISITAMOS, A CONTINUACIÓN, LOS DOS DOMICILIOS DE RAMÓN EN EL BARRIO Y NOS DETUVIMOS EN EL DE PUEBLA 11, QUE OSTENTA PLACA RECORDATORIO. INSIGNE DOMICILIO EL DEL PISO PRIMERO DERECHA DE LA MENTADA PUEBLA. VEAMOS A QUÉ DEBE TANTA HONRA ESA CASA, ATENDIENDO  A LO QUE DICE RAMÓN EN EL PRÓLOGO DE 1960 A SUS GREGUERÍAS:

"El encuentro con la greguería fue lo que me trajo la suerte.
Gracias a las Greguerías he vivido, he conferenciado, he viajado, he tenido contraseña universal.
En realidad, me dedico a la greguería desde mi niñez, y al ama de cría ya le lanzaba greguerías.
Es lo único que no improviso nunca. Me las concede esa adolescencia de la vida que es pareja de nuestra adolescencia o de nuestra vejez...Tienen que se lentas y naturales. Son una gota de los siglos que atraviesa mi cráneo.
Se puede improvisar una novela, pero no una greguería.
¿Qué por qué se llaman Greguerías?
Al encontrar el género me di cuenta de que había que buscar una palabra que no fuera reflexiva ni demasiado usada, para bautizarle bien.
Entonces metí la mano en el gran bombo de las palabras y al azar, que debe ser el bautizador de los mejores hallazgos, saqué una bola...
Era "greguería", aún en singular; pero yo planté esa bolita y tuve un jardín de greguerías. Me quedé con la palabra por lo eufónica y por los secretos que tiene en su sexo.    
Greguería, algarabía, gritería confusa. (En los anteriores diccionarios significaba el griterío de los cerditos cuando van detrás de su mamá).
Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas.
Por lo menos no puede caber duda de que he bautizado un género con una palbra que estaba perdida en el diccionario,  que no era nombre de nada y que ahora, al ser pronunciada por alguien en un diario, o por un micrófono, hace que resulte aludidoyo, que cambie su sentido, que la convertí en lo que no era.
Como fue lo bautizado personalmente, en plenitud de soledad y de independencia, me recuerda con rejuvenecedora fruición aquella tarde de junioen que me di cuenta del género y de su nombre.
La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid.
Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme. 
Vivía aún don Jacinto Octavio Picón -secretario perpetuo de la Academia-, y yo estaba harto de don Jacinto Octavio Picón.
Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.
Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, encontré la invención de la greguería. 
CONTINUAMOS, POR PEZ, CALLE DE HERMOSOS PATIOS Y CASAS PALACIEGAS, SALPICADAS ENTRE OTRAS SEÑORIALES Y ALGUNAS POPULARES, HACIA SAN BERNARDO, Y, AL PASAR POR EL PALENTINO Y VERLO CERRADO YA PARA SIEMPRE, NOS INVADIÓ UNA GRAN MELANCOLÍA. MARAVILLAS GUARDARÁ EN SU MEMORIA UNA MUESCA DOLIENTE IMPOSIBLE DE COLMAR.
POR LA CALLE ANCHA, QUE DECÍAN EN TIEMPOS DE ORTEGA Y RAMÓN, LLEGAMOS A LA DE LA PALMA E HICIMOS UN ALTO EN LA ESCUELA DE ARTES Y OFICIOS DONDE ESTUDIÓ ROSA CHACEL, COMO CUENTA EN SU BELLO LIBRO BARRIO DE MARAVILLAS. DOS BOCACALLES MÁS ARRIBA LLEGAMOS A LA DEL ESPÍRITU SANTO, DONDE RESIDE EL SINGULAR PROFESOR  DE FILOSOFÍA DEL CARDENAL CISNEROS, MÁXIMO MANSO, CUYA VIVENCIAS NOS RELATA ÉL MISMO, EN PRIMERA PERSONA, EN SU NOVELA.






sábado, 17 de marzo de 2018

TERTULIA RAMONIANA DEL 18 DE MARZO DEL 2018

https://www.cafepombo.com/single-post/2018/03/13/INVOCACOLERA

                                  Tertulia ramoniana del mes de marzo

En nuestra séptima tertulia ramoniana tuvimos el gusto de acoger, por vez primera,  a Lucía González, filóloga en ciernes, ramoniana in fieri. Será ella, como es cortesía de la casa,  quien elija la obra para la charla de mayo. 
La colección de once relatos titulada El cólera azul  da cuenta pormenorizada de la pericia narrativa, la riqueza verbal,  la permanente tensión entre realismo y fuga poético trópica, y el conocimiento de ambientes varios y de las clases sociales, populares y altas, que posee el escritor. 
 Ramón entero se halla en esta compilación, que bien puede servir como carta introductoria o ceremonia lectora  iniciática para futuros degustadores de las delicias de nuestro escritor.
El libro fue publicado en Buenos Aires  por la Editorial Sur, de Victoria Ocampo, en 1937, pero los relatos están escritos, todos ellos, antes de la guerra civil española. 
La Gioconda de la Pampa, como la bautizó su amigo y filósofo, José Ortega y Gasset, era muy cuidadosa con sus ediciones, y así, puso una llamativa portada azul cobalto al libro de Ramón, como correlato visible y visual del título.
La prosa ramoniana, ágil, nerviosa, acompasada con la cadencia y el ritmo  de un tren decimonónico, discurre entreverada por jugosos diálogos que sorprenden por el humor, las respuestas inesperadas y absurdas, los golpes de ingenio o los hallazgos poéticos, todo ello sustentado en la lengua greguerística, sello y seña de autor, gollería estilística inigualada e irrepetible, fuga y vuelta poética del verbo indócil y renuente al modo recto. 
 Ramón es un castizo muy viajado, un amante de los objetos, nimios, sencillos, refinados o  de lujo, a los que vivifica y poetiza con su lengua radiante; es un renovador del madrileñismo a fuer de insuflarle aire vanguardista y mirarlo al sesgo, desde abajo y desde los flancos, levantándole las faldas, como diría su amigo Ortega, gulusmeando -como diría él- los recovecos y muescas que encierran secretos y misterios que no percibe la mirada panorámica, more geométrico, propia de las actitudes totalizantes del XIX.
En este ramillete de relatos en ristra -¡viva la aliteración de vibrantes!- los escenarios, como de Ramón, son de lo más variado: Lisboa colonial y el morbo, en el relato epónimo de la colección, que fue publicado, en la Revista de Occidente (1932) -al igual que otros cinco- y que evoca ciertas novelas: Dentro del cercado, de Gabriel Miró, o cuentos de  A. Chéjov, donde  aparecen sanatorios ; una peluquería madrileña (“Peluquería feliz”(1934) R.O); Una sacramental madrileña con unos visitantes muy especiales (“El defensor del cementerio” (1927) RO); el invernadero de un sanatorio, de nuevo, con  un hombre innominado que se cree casi viudo y que divaga pesaroso y onírico con las rosas y las enfermas que se pasean por la estufa (“La estufa de cristal”) ; el piso principal de una casa de abolengo en Madrid donde vive un matrimonio equívoco (“Ella+ella-él+él”); Málaga, sus playas, su mar y unas mujeres muy desenvueltas (“Las consignatarias”); un pueblo andaluz imaginario (“Pueblo de morenas”), llamado con el eufónico nombre arábigo de Alburquerque, como el pueblo extremeño donde nació Luis Landero ; Río de Janeiro y su playa de Copacabana (“La niña Alcira”); Madrid taurino en San Isidro (“Suspensión del destino”);una ciudad sin precisar, con Ateneo (“Se presentó el hígado”), divertida historia de ribetes superrealistas, como escribía Ramón con muy buen criterio; un pueblo en Carnaval y los personajes grotescos que celebran con euforia la fiesta de la efímera liberación, el travestismo y el trastrueque permitido (“Las destrozonas”). 
Si todos los relatos tienen encanto, gracia y atractivo y están compuestos con tino y pericia narrativa, hay dos que descuellan de forma llamativa por sus calidades y su fuerza sugestiva: “Peluquería feliz”, de irónico título, y “La niña Alcira”.  
El fondo barroco que, latente siempre, aflora por momentos en el universo ramoniano, la querencia trágica, la melancolía, el gusto por los contrastes, el amor y la muerte se plasman de una manera extraordinaria en ambos cuentos de ambiente muy diferente.
 Una peluquería madrileña de barrio, a la que acude el protagonista en busca de su infancia perdida, y en la cual la tragedia irrumpe quebrando bruscamente el aire de sainete, es el escenario del primero de los cuentos;  la vital y exuberante Río de Janeiro y su playa de Copacabana sirven de fondo para una lírica y hermosísima tragedia de amor prohibido  entre un portugués y una niña brasileña, Alcira,  que acaba inmolándose cual víctima propiciatoria en el fuego autoinfligido de una hoguera prendida por la desesperación.

 






  
 

 





 


                                  












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lunes, 12 de marzo de 2018

SOBRE LA AMISTAD ENTRE GONZALO HIDALGO BAYAL Y LUIS LANDERO, MIS DOS ESCRITORES PREDILECTOS. COPIO DEL BLOG DE GONZALO EL ESCRITO SOBRE LUIS CON MOTIVO DEL PREMIO CENTRIFUGADOS Y LO TRAIGO A MI BLOG PORQUE NO HE PODIDO PUBLICARLO EN TWITTER, SUPONGO QUE POR EL TAMAÑO, O TAL VEZ POR MI IMPERICIA, PUES HAY QUIENES PLANTIFICAN TEXTOS MUY LARGOS. AHÍ VA, CON PERMISO DE GONZALO, QUE LE PEDIRÉ ENSEGUIDA. ES UN A SÍNTESIS ESPLÉNDIDA DE LA NOVELERÍA DE LUIS.

Landero, Centrifugado
Solo quienes sean lo suficientemente veteranos además de extremeños, diría incluso que veteranos escritores extremeños, recordarán a estas alturas los debates que se mantuvieron hace años en torno a una cuestión que entonces, con la euforia de las autonomías, parecía fundamental, a saber: en qué consistía la literatura extremeña y a quiénes podía considerarse escritores extremeños: de hecho y de derecho. Hablábamos de literatura extremeña y de autores extremeños o vinculados a Extremadura con una pasión y una energía que no dejaba de ser el reconocimiento subterráneo de una evidencia y no sé si también de un complejo: que, aplicado al sustantivo «escritor», el adjetivo «extremeño» no era tanto una adscripción geográfica como una descalificación literaria, una rémora de los antiguos poetas dialectales y de los no tan viejos novelistas que se sumaron a las corrientes regionalistas, «abrazados», como dijo uno de ellos, «a la mismidad telúrica de Extremadura», una vinculación negativa a ciertas connotaciones del paisaje histórico de la región: bellotas, cerdos, encinas, alcornoques y conquistadores. Subyacía en el fondo una certeza: que la literatura que pudiera estarse escribiendo entonces en Extremadura tal vez no fuera estrictamente marginal, pero sí desde luego marginada. Acomodando las palabras a este encuentro, bien podría decirse que era una «literatura centrifugada» con la aspiración de alcanzar alguna homologación con la «literatura centrípeta».

Pues bien, en este contexto apareció en 1989 la primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, y quizás no haga falta ser tan veterano para saber que fue un éxito inmediato, un éxito culto y un éxito popular, tan mayoritario y sorprendente como apenas ha habido otros dos o tres desde entonces y nunca tan de buenas a primeras. La novela fue premio de la Crítica y premio Nacional de Narrativa e inauguró la trayectoria de un novelista que ha seguido incrementando con regularidad una obra personal, inconfundible, comprensiva y bondadosa, en la que se observa el mundo con piedad y con melancolía, y que a los reveses de la vida opone el consuelo de sus pequeñas compensaciones. Allí surgió el primer héroe landeriano, el que se debatía entre las asperezas de la realidad y los entusiasmos del afán, Gregorio Olías. Y fue precisamente entonces (esa es al menos mi percepción) cuando el adjetivo «extremeño» cambió de sentido y regresó al origen y a la denotación. Hubo reseñas, entrevistas y apariciones estelares de Landero en diferentes medios y en todos se señalaba siempre su origen extremeño. El éxito del libro más la conexión del autor con Madrid, donde vivía, y con Alburquerque, donde nació, hicieron el resto y, libre de connotaciones, el sintagma «escritor extremeño» dejó de ser un estigma hereditario.

A propósito de esta suerte de absolución del adjetivo alguna vez me he permitido bromear recurriendo, por una parte, a ciertos dichos de la sabiduría popular, como que «un clavo saca otro clavo» o que «no hay mejor cuña que la de la misma madera», y, por otra, a los azares de la etimología, pues no deja de ser casualidad o paradoja o, mejor aún, justicia poética, que la palabra «landero» venga precisamente del latín glans, glandis, que significa ‘bellota’ como bien puede verse en un verso de Berceo: «todos corrién a elli como puercos a landes» (726b), como se advierte en el portugués «landeira» (alcornocal) o como documenta ampliamente Corominas.

A Gregorio Olías le siguieron, con cierta regularidad, «los heterónimos del héroe», la nómina de personajes literarios que uno (hablo por mí) ha ido guardando luego en la memoria y hacia los que siente una innegable simpatía y piedad, la misma piedad que el autor: Belmiro Ventura y Esteban Tejedor en Caballeros de fortuna, Matías Moro en El mágico aprendiz, Emilio y Raimundo en El guitarrista, Dámaso Méndez en Hoy, Júpiter, el hombre inmaduro que en las últimas traza su retrato, Lino en Absolución, incluso el Manuel Pérez Aguado de Entre líneas o el narrador de El balcón en invierno, y así hasta llegar al Hugo Bayo de La vida negociable, el último heterónimo hasta el momento, el muchacho que se entrega a una infancia y una adolescencia de pícaro madrileño y al que la vida condena luego a los primores de la peluquería, todos ellos, a la postre, yendo sucesivamente de la euforia al abatimiento y volviendo del abatimiento a la euforia en el caprichoso círculo de la existencia y todos ellos empeñados en una interpretación errónea de la realidad que les lleva a esos altibajos de los que solo los salva la voz, el tono y la mirada del autor. No es ningún disparate decir que hay un «Mundo Landero», autónomo y reconocible, vigorosamente asentado en la literatura de los últimos treinta años, y que si el Premio Centrifugados no fuera tan reciente hubiera ido a parar sin duda a cada una de sus novelas anteriores. Ha querido José María Cumbreño que Centrifugados se cierre con un premio literario y ha querido el jurado que este año corresponda con todos los honores a La vida negociable. No hay más que decir. Enhorabuena a ambos: a Centrifugados y a Luis Landero.

Plasencia, 25 de febrero de 2018

GHB A LAS 10:05

viernes, 2 de marzo de 2018

TERTULIA RAMONIANA SOBRE LA MUJER DE ÁMBAR

                            La mujer de ámbar (y el hombre pre-perdido)

La sexta tertulia ramoniana de nuestra primera temporada se la dedicamos a la novela napolitana La mujer de ámbar, de título hermoso, visual e inquietante a la vez.
 Es la obra predilecta de Juan Carlos Albert, benemérito y generoso editor del añorado Boletín Ramoniano y de otros trabajos de interés sobre nuestro escritor, y por tal motivo la propusimos, inaugurando de esta forma, por la puerta grande, nuestra entrada en el novelismo.
 Frente a lo que ocurría habitualmente con los escritos  de Ramón, esta novela híbrida y mestiza fue acogida con entusiasmo por los lectores, especialmente allende los mares.
 Así lo señala con regocijo y sorpresa su creador en el prólogo que redacta para la edición del 1943, estando ya, como sabemos, en el exilio austral de Buenos Aires, la ciudad de nombre augural de Luisita Sofovich, la judía que se asoma subrepticiamente a Rebeca y a tantos otros parajes de la novelería y la escritura de retazos ramoniana.
 En La mujer de ámbar, novela  evocadora de Nápoles, una de las ciudades más potentes, radiantes y grávidas de historia que imaginar cabe, tenemos personajes, paisaje y paisanaje, como diría don Miguel de Unamuno, a quien, dicho sea de paso, retrató Ramón con suma agudeza.
Fueron tres las estancias de Ramón en la ciudad del Vesubio: antes de la Gran Guerra, durante la contienda y después.
Empapado de visiones, olores, sabores, remembranzas  y vivencias napolitanas, escribió Ramón su particular y abigarrada semblanza de la urbe mediterránea y griega -que no en vano fue polis bullente de la Magna Grecia, como acredita su nombre-, tras regresar a Madrid, pues le viene bien a su escritura, como nos dice en el citado prólogo, una cierta perspectiva distante  respecto a lo tratado; y, por tal motivo, fue, en cambio, en Nápoles, donde redactó su Torero Caracho.
Hablaba yo arriba de don Miguel II, el de Unamuno, y algo de su inolvidable Augusto Pérez, protagonista de Niebla, se trasluce en el despiste y el ir al desgaire por la ciudad, siguiendo a una mujer aparente y casi aparecida, que vemos en el Lorenzo de La mujer de ámbar,  al igual que hace el hijo de ficción unamuniano al comienzo de la impresionante novela neblinosa.
Después, en lo tocante al escenario y a la ambientación, la técnica y la sensibilidad de ambos autores difiere enormemente. Opta Unamuno por despojar de decorados y dejar desnudos a sus personajes, queriendo así que el lector no se distraiga de las zozobras pasionales y los secretos inconfesables de sus criaturas.
Ramón, por su parte, nos sumerge de cuerpo entero en la atmósfera ancestral, romántica, sinestésica, decadente y barroca de la urbe de la sirena Parténope, presidida por el rugiente y fumígero monte Vesubio, que, como la Venecia de Thomas Mann a Gustav von Aschenbach, contagia y seduce al apático Lorenzo, antecedente en esbozo del Hombre perdido, genuinos héroes desenfocados, de ánimo tambaleante  y algo inútiles, tan característicos de la novela existencial del siglo XX.
Busca que te buscarás, en medio de ese ambiente pleno de contrastes e intensas antítesis, en cuyo trasfondo anida el combate eterno entre la vida y la muerte, célula fundacional, ineludible  y eficiente de la narrativa ramoniana, Lorenzo, tras algún intento fallido, encuentra a la ambarina Lucía.
Suena bien esa pareja de nombres con líquida (l) e interdental (z): Lorenzo y Lucía. Se diría que la música que desprenden al pronunciarlos con parsimonia augura harmonia (con h, como la quería Ramón).

No obstante, no suelen las cosas ser lo que parecen. La familia de la muchacha napolitana, como Aníbal a los romanos, tenía desde antaño jurado odio eterno a los españoles, y la fatalidad, como sabemos por la tragedia griega, es ineluctable.
La búsqueda de centro y sosiego anímico en pos de la cual viajó Lorenzo a la ciudad eternal, se tornará a la postre en desdicha, al arrojarse la novia Lucía, con su gaseosa y cándida  indumentaria nupcial,  por el balcón de su casa,  cuando el cortejo aguardaba expectante su salida  camino de la iglesia.







SOBRE LA AMISTAD ENTRE JOG Y RGS (III)

                     Sobre la amistad entre JOG y RGS (III).
El segundo número de la Revista de Occidente, cuidado al máximo en todos sus detalles y con colaboradores de tanto fuste como Juan Ramón, el propio Ortega o Corpus Barga -excelente periodista hoy bastante olvidado, pariente de Ramón-, incluye la falsa novela rusa María Yarsilovna. Perteneciente a la  divertida colección de relatos titulada Seis falsas novelas, este trampantojo ruso, al igual que las otras cinco historias, no aparecería en libro hasta 1927. En la breve nota que redacta Ramón a modo de prólogo, advierte  al lector en estos término:
 "No es esta una parodia, sino una novela vivida, no sé dónde ni cómo, en el ambiente desconcertante e insólito de las novelas rusas, en aquella confusión llena de atisbos, de alusiones y preguntas en que se buscaba con afán la novela, de la que se presenciaba el anhelo mortal en los ojos, sin que, sin embargo, lográramos encontrarla".  
No seré yo quien ponga reparos a la definición que nos da Ramón de su novelilla, batiburrillo epifánico en abreviatura, divertimento jocoso melancólico, género literario desmontado y rehecho por el revés. con bolsillos insólitos y forro nuevo, como hará tantas otras veces con géneros y subgéneros.
 Ramón se equivoca con frecuencia en las citas, practica el descuido de la erudición y no suele tomarse la molestia de verificar los datos. Otra cosa es cuando habla de su creación, de las fuentes misteriosas donde abreva su pluma (quizá  también las seis plumas que acostumbraba llevar encima, como cuenta Paulino Garagorri).  
 Era Ramón, frente a lo que creen algunos lectores poco atentos, un escritor profesional en regla cuya razón de ser y estar en el mundo no era otra que la escritura. Tal vez el tenor espectacular que tanto cultivó, como lo hizo Dalí  e hicieron otros vanguardistas, ha despistado algo acerca de  su vocación por la escritura tan seria y fuertemente entrañada.                                                                                                                                                                No fue esta, desde luego, la última colaboración de Ramón en la recién nacida Revista de Occidente, pero sí es notable que Ortega contara con su admirado amigo desde el principio.                                                                                                                                                                                                                                               
Por cierto, obsérvense la finura de la viñeta y el primor de los tipos de letra, que se combinan con una harmonía (con h, como quería Ramón) perfectamente estudiada. Ya dije que Ramón tuvo parte en este capítulo. Ortega, sabueso y avizor como nadie para el talento, cedió, excepcionalmente, la sede de la Revista a Maruja Mallo para una exposición, y contó con ella como viñetista. También Maruja cultivó con garbo y descaro esa faceta histriónica de Ramón y Dalí, que en ella incluía un maquillaje arlequinesco que se divisaba a distancia.
Magnífico homenaje de Maruja Mallo a la Revista de Occidente (1979)

martes, 27 de febrero de 2018

RAMÓN Y ORTEGA (II)

Sobre la relación entre JOG y RGS (II)
1923 es el año de nacimiento de la Revista de Occidente y de la publicación de la novela segoviana de Ramón. Don Pablo, el loquinario protagonista, es uno de los personajes quijotescos que pueblan la novelería ramoniana. (Repárese en la edad que tiene). Además, es también cervantesco por sus celos, obsesión de don Miguel I. Por cierto, Ramón, dibujante airoso e ilustrador de muchas de sus greguerías y trampantojos, influyó en el diseño de la Revista de Occidente en varios aspectos, entre otros en el tipo de letra modernista tan característico de la época fundacional, a la que ahora llamamos primera.  El secreto del acueducto fue prologada , en 1962, por Guillermo de Torre, quien recuerda que Ramón vivió un verano en Segovia para compenetrarse con el Acueducto. De tal idilio nació una biznaga de greguerías. He aquí los ejemplos que incluye Guillermo de Torre en su prólogo: Monumento de agua que eleva su cáliz de agua al cielo. Megaterio de los monumentos, animal sauriesco embarrancado para siempre entre dos colinas. Sus piedras, de poros abiertos y como impregnados, son las espomjas del tiempo. Son sus ojos como los de un cosmorama. Gigante en zancos. Gran cordillera de arcos.
No me queda más remedio que dedicar esta entrada a César Nicolás, el mejor degustador de greguerías, y a su traductora al francés, y editora, Laurie-Anne Laget, para mí, con mucho, los más finos ramonianos que conozco.





lunes, 26 de febrero de 2018

RAMÓN Y ORTEGA (I)

El cólera azul,  bonito cuento lisboeta sobre una  dama que regresa a la metrópoli procedente de la colonia de Angola, se publicó, como tantas obras de Ramón, de poetas del 27 o de Rosa Chacel -también del 27 aunque más prosista que poeta- en la Revista de Occidente. Después, el volumen con once cuentos que lleva por título El cólera azul vería  la luz en la editorial de la Revista Sur, de Victoria  Ocampo, bautizada como reflejo de la Ortega con otro punto cardinal.En este ejemplar está Pedro Salinas, como se ve en la relación que aparece en la cubierta.Tengo la sospecha, y convendría investigarlo, que Ramón fue uno de los pocos amigos -tal vez el único- que mantuvo Ortega a lo largo de su vida. Algo se ha escrito, por ejemplo un artículo interesante de Carlos García y otro, que recuerde, del cardiólogo e inetelectual Francisco Vega Díaz, tertuliano de Pombo. Queda, no obstante, mucho por hacer, si es que se considera interesante, como yo sostengo, indagar en esta relación.
 Otra cosa eran los discípulos.  Me barrunto, igualmente, que hubo una cierta influencia del pensamiento orteguiano, soterránea, a veces, otras patente, que está por estudiar.  Recuerdo lo que dice Ortega del Círculo Mercantil de la Gran Vía y de cómo arropa lo cursi. Y, cómo no, siempre tengo presente esta maravilla de Las Meditaciones del Quijote: "Para quien lo pequeño no es nada, no es grande lo grande", que cuadra muy bien al ramonismo. Traigo esto a colación,   a vuela pluma, para Alicia Hierro, que quería hablar conmigo de la relación entre Ortega y Ramón.  En Automoribundia aparece más de una vez el filósofo, visitando el torreón con amigas, creo, y Paulino Garagorri, uno de los discípulos más finos de Ortega, a quien dediqué mi tesis y mi libro por lo mucho que me ayudó a conocer a su maestro, tiene un trabajo sobre Ramón. Paulino y yo hablamos muchas veces de Unamuno, de Américo Castro, del Quijote y de Ramón, escritor con el que se deleitaba sobremanera. Gran cinéfilo como era, le gustaba comparar ciertas escenas  y ademanes del Quijote con el gran cine americano de alborada: Buster Keaton y Chaplin.

sábado, 24 de febrero de 2018

RAMÓN SOBRE EL AMOR. UNAMUNO Y RAMÓN:UN APUNTE

La decadencia del mundo se inició cuando comenzó a no sentir el concierto del amor como el único concierto compensador. Ramón Gómez de la Serna. 
No es una macrogreguería, como las llama César Nicolás, pero es una reflexión que comparto, porque es hermosa, certera, aguda. Está al comienzo del capítulo VI de una de mis novelas preferidas de Ramón: El hombre perdido, la última del grupo de las novelas de la nebulosa, que algo deben a Niebla, y no solo El novelista, otra joya poco leída, me temo.
Ramón Gómez de la Serna, en la semblanza que le dedica en su libro  Retratos contemporáneos (1941), escribe: “Alguien le pregunta por sus convicciones religiosas y él replica: Aquí en España somos católicos hasta los ateos...Les tengo miedo a muchas cosas y,  sobre todo, a morirme”. 

lunes, 12 de febrero de 2018

TERTULIA RAMONIANA SOBRE LOPE VIVIENTE

                                        Tertulia sobre Lope viviente


Cambiamos de año y nuestra tertulia continúa. Hemos completado cinco orondos dedos. La mano quedó acollada en el dúo más chisposo que imaginar cabe: Lope y Ramón o Lope por Ramón.
Tras sus  viajes y obligaciones varias que se lo habían vedado, Regresó Pura Fernández, investigadora filológica y editora de las penicompletas obras de Ramón Gómez de la Serna, amén de conversadora fina y vivaz.
Esta vez sí asistió Manuel Rodríguez Alcayna, el Podcastizo, e incluso grabó los decires, dimes y diretes que suscitó la muy peculiar biografía del Fénix de los ingenios, como de Ramón, quien ya nos previene  en su Advertencia preliminar: “Mi libro es Lope. Los demás son sobre Lope”.
No pidamos lo que no nos han prometido. Por si alguna duda cupiera,  sigue anunciando y propalando Ramón su canto de amor a Lope en el Prólogo;  y en el poeta se espeja, proyecta y empareja con el suyo propio su madrileñismo, sus amores asendereados, los humos del cariño, nacedero de los celos, y,  por encima de todo, su amor a la vida.
Tal afinidad inspira al poeta del 27 Gerardo Diego, quien, plutarquizando a su manera, dicta, en marzo del 1963,  una extraordinaria conferencia en el Ateneo de Madrid dibujando las vidas paralelas de los dos grandes escritores, en tributo de agradecimiento -sostiene- por todo lo que debe a “su mayor poeta” y a “su mayor prosista”.
No es, en efecto, una biografía al uso lo que Ramón escribe sobre Lope. Gerardo Diego apunta, con acierto, que más bien se trata de un retrato o de una semblanza entreverada por y sostenida en la obra del poeta.
Teje Ramón una pintoresca, amena y colorida almazuela en la que a veces hay que detenerse y mirar con atención para saber quién dice qué. Porque Ramón, que está en Buenos Aires cuando escribe el libro, se emociona y lopifica  rememorando Madrid, y confundido con el poeta pasea y ensueña por las ruas del barrio de las Musas, como él lo llama.
 En la Advertencia preliminar a la biografía de Quevedo señala Ramón el carácter peculiar de sus biografías: “Me detengo en lo que creo esencial y paso de largo lo que es solo arrendajo y embrollo, que enturbia la pujanza del retratado”.
Luego, en el Prólogo a Lope viviente, vuelve Ramón a profesar su tributo de admiración afectiva y pasión lopesca: “Todo Lope sale de la voluta de humo blanco y exquisito que brota del pan castellano de cada día”. Y quiere el biógrafo a su manera defender al biografiado de los asaltos de eruditos que lo reducen a un texto con anotaciones que velan al hombre sencillo y sobrio, nacido para amar el arte y a las mujeres.
Trece son los capítulos en los que Ramón dispone la encomiástica semblanza del poeta.  Y nos cuenta que fue Félix  concebido en una tregua de amor,  tras marchar su madre a Madrid, de celos ciega,  a la zaga de su marido, que andaba este algo engatusado por una tal Elena, y ya sabemos lo que pasó con otra Helena belígera, en tiempos antiguos. De tal principio vendrán, tal vez, tamaños celos, fundamento del amor los llama el Fénix en carta al duque de Sessa. Bien sabía de ello el ilustre vecino del barrio de las Musas, Miguel de Cervantes.
Visitamos la casa de la calle de Francos y su delicioso jardinillo con pozo, tal como aún hoy podemos contemplarlo; repasamos el madrileñismo de Lope, que a decir de Ramón, se aprecia como en ningún otro lugar en su Gatomaquia, donde también se ven los celos encendidos de Marramaquiz, trasunto gatuno de su muy humano creador.
La vida de Lope se ve entristecida por la pérdida de su hijo predilecto Carlos Félix de siete años, a quien su padre escribe un conmovedor poema, que ha sido  luego -y todavía lo será, mientras haya quien leer sepa- consuelo de almas afligidas por trances y desdichas semejantes.
Lope y sus trifulcas versificadas con Góngora, otro vecino aurisecular de las Musas; Lope y Velázquez, la teatralidad de Las Meninas; Lope y su hija Marcela, monja de las Trinitarias, por cuya puerta, a petición suya, pasará, desviándose, el cortejo fúnebre de su padre, camino de San Sebastián.
Ramón, en fin, sella y rubrica en Lope viviente su homenaje  al maestro, con el que tantas cosas comparte, en especial la sabiduría de la vida y la conciencia de que el tenor alegre reposa sobre fondo dramático.